Una breve neuropsicología del autoritarismo

Una breve neuropsicología del autoritarismo

Escena de un supermercado.

–          Sólo tengo una barra de pan, ¿podría dejarme pasar, por favor?- dice una chica con acento árabe.

–          No, no. Lo siento, tengo prisa.

La señora termina de pasar su compra de medio carro, y la chica pasa su barra de pan y se marcha. La señora está metiendo las cosas en su carrito, me mira –una suerte que no me confundiera con un ruso o un irlandés- y me dice:

–          Estos vienen aquí y se piensan que todos tenemos que seguir sus costumbres.

Yo no digo nada. En realidad son nuestras costumbres. O quizá de todos. Sólo me hago la pregunta. ¿De qué forma funciona nuestro cerebro cuando las personas emiten esta clase de conductas?

Al parecer, esta conducta tiene que ver (me parece obvio) con los lóbulos prefrontales. La forma más extrema de prejuicio, el autoritarismo (que no es una conducta religiosa, política o de procedencia  per se, sino de afrontamiento) tiene que ver con la forma en que dudamos. La explicación dada por Asp, Ramchandran –no confundir con Ramachandran- y Tranel (2012) es la siguiente:

–          Cuando evaluamos tendemos a establecer un juicio de veracidad que implica una duda. Este proceso ocurre en dos etapas: la representación mental y la evaluación.

–          Todas las ideas normativas representadas (fase 1) son inicialmente consideradas ciertas (el cerebro tiende a la simplificación). Sin embargo, luego se produce un análisis secundario psicológico (la evaluación, fase 2) que puede producir duda.

–          La representación inicialmente creída debe catalogarse como “valor falso” para producir duda y ser re-evaluada (como vimos en el post anterior, una de las principales zonas implicadas en este proceso es la corteza cingulada anterior).

–          Los lóbulos prefrontales son los que se encargarían de catalogar la creencia como “Falso valor”.

–          Basándonos en la hipótesis del marcador somático de Damasio, podemos decir que esta re-catalogación como “falso valor” en la naturaleza evolutiva ha sido (y permanece siendo) de tipo emocional (¿Quizá como una rémora de evaluación del “intruso” que entraba dentro de nuestro territorio?).

Por lo tanto, podríamos decir que el autoritarismo en parte surge como un proceso de detección del error deficitario en errores normativos. Esto provoca creencias que no generen un juicio reflexivo, ya que no producen un conflicto interno (no hay detección de error) debido al deterioro prefrontal. Este daño no afectaría en principio a la memoria de trabajo (ni a la inteligencia). Las conductas antisociales asociadas a este deterioro se explicarían porque no se filtran correctamente las representaciones de las conductas inapropiadas en las cortezas de asociación post-rolándicas.

De manera empírica, estos autores han comprobado en pacientes con deterioro en la corteza prefrontal ventromedial el aumento de creencias religiosas (incluso el surgimiento de estas), autoritarismo y fundamentalismo. Este aumento es significativo respecto a otro tipo de poblaciones neurológicas, incluso a pacientes con daño frontal no prefrontal. También respecto a pacientes con eventos médicos traumáticos no neurológicos.

A todo ello podemos añadirle entornos que favorecen normas rígidas y estereotipadas, con ningún miembro discrepante o escéptico de la doctrina principal. Desde un punto de vista neurobiológico esta modulación continua (¿Educación? ¿Lavado de cerebro?) de la amígdala produce un mecanismo “de cortocircuito” (una vía rápida de acción). La amígdala se activaría y la corteza cingulada (encargada de reducir activaciones excesivas de la amígdala) no pondría en juego mecanismos de control del error porque el lóbulo prefrontal no ha establecido la posibilidad  de juicio falso. ¿Consecuencias? Además de las mencionadas, conductas reiterativas (impulsividad) y en muchos casos agresivas. Podemos verlo cuando dentro de estos círculos se infringe la norma: inmediatamente se castiga al infractor con dureza.

El castigo es visto como positivo

Este castigo es visto como positivo dentro del grupo de referencia, lo que favorece que la corteza orbitofrontal  establezca contingencias negativas con la conducta “fuera-de-la-norma” (miedo). Y una relación de contingencia positiva entre el modo de juzgar al infractor y la emoción que conlleva (aceptación por parte del grupo-empatía, percepción de poder-hedonismo, etc.) Estas contingencias lo que hacen es construir el self de la persona autoritaria. Y lo construyen de una manera sesgada porque no existe insight de los propios defectos, exactamente igual que los pacientes con daño en la corteza prefrontal ventromedial. (Nota: Se considera que la corteza prefrontal ventromedial forma parte de -en algunos textos se solapa con- la corteza orbitofrontal).

Sería interesante estudiar cómo afecta este proceso (ver sufrir a una persona “que ha infringido las normas”) en otras zonas implicadas en la empatía. ¿Existirá activación significativa de la ínsula? La ínsula es una estructura conocida por ser el centro más importante de representación corporal (junto a la corteza somatosensorial). Cuando vemos sufrir a otras personas esta región se activa produciendo los primeros vestigios de empatía emocional. De hecho se ha propuesto a la ínsula como un nodo importante de las diferentes redes de neuronas espejo.

Todo lo anterior no quiere decir que todas las personas autoritarias o fundamentalistas tengan un daño neurológico, pero sirve para explicar las vías que parecen estar implicadas en este fenómeno.

Por cierto, la mujer se encontró a una amiga y se tiró 15 minutos hablando con ella.

Javier Tomás Romero

Javier Tomás Romero

Licenciado en Psicología (Universidad Pontificia de Salamanca),Máster en Psicología Forense(Asociación Española de Psicología Conductual), Máster en Neurociencia (Universidad de Granada) y Máster en Neuropsicología (Universidad de Salamanca).
Javier Tomás Romero

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