Reserva cognitiva

Reserva cognitiva: ¿De qué hablamos cuando hablamos de ella?

Hay quienes dicen que, si el siglo anterior fue el siglo de la genética, este siglo en el que nos encontramos es el del cerebro. Y es cierto que conforme van pasando los años de estas primeras décadas comenzamos a ir entendiendo un poco cómo va funcionando el cerebro y cómo este se relaciona con el entorno para ayudarnos a adaptarnos a él. Mucho han aportado los estudios de personas que han sufrido un daño cerebral, pero como suele pasar conforme más se va conociendo, más preguntas aparecen: ¿Cómo es posible que haya personas que evolucionen de manera tan diferente en su recuperación con daños similares? ¿Por qué a veces, lesiones similares no implican el mismo tipo de alteración clínica? Y uno de los paradigmas que intenta abordar las respuestas es el de la reserva cognitiva.

No se trata de un paradigma reciente, pero es un término que en los últimos años ha comenzado a tener un lugar en nuestras conversaciones sobre neuropsicología y daño cerebral. Puede servir como ejemplo el aumento de publicaciones existente con esta temática en su título (Fuente: PubMed) que ha pasado de 183 en la primera década del siglo XXI a 967 en la década actual que aún no ha concluido (puede verse la evolución en el gráfico siguiente).

Reserva cognitiva: ¿De qué hablamos cuando hablamos de ella?

¿Reserva cerebral es lo mismo que reserva cognitiva?

Sin embargo, el problema de este término es realmente entender su significado y lo que puede o no aportar a nuestro trabajo diario. Para ello resulta interesante diferenciar entre reserva cerebral y reserva cognitiva, términos que erróneamente se emplean de forma intercambiable, aun cuando encierran supuestos diferentes. Por un lado, el término reserva cerebral viene derivado de los estudios post-mortem que Katzman y colaboradores (1) realizaron en una muestra de personas mayores sanas y con Alzheimer, encontrando que había una falta de relación directa entre la carga amiloide y los signos cognitivos mostrados. La explicación que encontraron fue que los cerebros de las personas que habían soportado más daño, sin dar muestra en vida de él, eran más grandes. Ello se vinculó directamente con temas genéticos, la inteligencia en general (ligada con factores hereditarios) y la educación formal que incide en el neurodesarrollo generando más densidad sináptica (2). Sin embargo, este modelo queda como algo estático (hay un umbral igual para todos a partir del que mostramos daño) y con una cierta limitación de acción a nivel de intervención. En cierto modo, también reflejaba concepciones más antiguas del funcionamiento del cerebro (más estructurales).

Este término se consideró relevante y llevó al empleo de medidas gruesas del tamaño de cerebro, como el propio contorno del cráneo. Sin embargo, esta idea se quedaba relativamente corta, en especial conforme se iba avanzando en el conocimiento sobre cómo funciona el cerebro, gracias en parte a las técnicas de neuroimagen funcional. De hecho, en base al funcionamiento del cerebro, Stern (3) elaboró otra hipótesis más dinámica, y partiendo de la base de que realmente hay cerebros más eficientes o con mayor capacidad de compensación, sin necesidad de ligar eso a su tamaño. Es decir, hay personas que pueden mantener un funcionamiento cognitivo mejor ante un daño que otras y, por tanto, ese umbral de capacidad de soportar el daño variaría mucho de una persona a otra. Lo más interesante de esta hipótesis es que planteó la capacidad de modificar esa reserva (adquirirla o perderla) en función del estilo de vida, señalando a las actividades cognitivamente estimulantes, la actividad física o al componente social como formas para ello.

Si bien son dos modelos diferentes (aunque la terminología a veces se use de forma laxa) lo cierto es que se podría plantear que ambos interaccionan. Cada uno de nosotros tiene una dotación genética, pero a su vez lo que se haga con ella es lo que ayudará a tener o no más reserva cognitiva.

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¿Cómo funciona esta reserva?

La palabra reserva hace referencia a “acumular” algo, por lo que en teoría el termino reserva cognitiva podría entenderse como un “acumular cognición”, no en vano, la idea en la que se sustenta esta reserva es precisamente en contar con un extra de “cognición” para seguir siendo funcionales cuando un daño cerebral se produce (o acumula progresivamente). La base principal de esta acumulación viene del término neuroplasticidad, es decir, la capacidad del cerebro de reaccionar ante el entorno y verse modificado por la exposición al mismo. Pero como se decía antes, tanto para bien o como para mal.

Sin duda la idea de una neuroplasticidad positiva y negativa (4), en función de los hábitos de vida, nos da una cierta capacidad para decidir a nivel personal cómo queremos que le siente el paso del tiempo a nuestro cerebro. En base a esto, una hipótesis que encaja con esta idea de la neuroplasticidad es la del “úsalo o piérdelo” (5), en referencia a que aquello que no se usa, termina por deteriorarse, o en términos cerebrales, aquello que no se estimula, deja de ser eficiente. Por ello, una de las fuentes de reserva cognitiva puede ser el realizar actividades que supongan una novedad (y, por tanto, estén lejos del automatismo) y tengan un componente cognitivo. De esta manera, promoviendo esa eficiencia cerebral se podría retrasar la expresión clínica del avance de una enfermedad neurodegenerativa o bien, compensar de una manera más eficiente un daño cerebral (6).

¿Tenemos pruebas en España para medirla?

El gran problema suele ser cómo medir esta reserva. La investigación estas décadas ha ido permitiendo comprender un poco mejor como se puede generar esa reserva y, también, a que debemos atender para tratar de cuantificarla (7,8). En España contamos por el momento con varias escalas que pueden ser útiles. Por ejemplo, el Cuestionario de Reserva Cognitiva (CRC) (9) consta de 8 ítems a puntuar que recogen información sobre la educación formal, la educación de padres, ocupación laboral, formación musical entre otras, considerando estas como “fuentes” de esa reserva cognitiva.

Por otro lado, también tenemos la Escala de reserva cognitiva (10) que recoge la puntuación en una serie de actividades tanto durante la juventud como durante la edad adulta (y en otra versión, ya mayor) de aspectos relacionados con la formación, hobbies o el área social.

Por último, recientemente validada en población mayor, tenemos el cuestionario de actividades cognitivamente estimulantes (11) que recoge 10 actividades que se pueden considerar como generadoras de esa reserva cognitiva o, al menos, parecen relacionarse con un mejor estado del funcionamiento cognitivo en personas mayores.

Siguiendo esta línea, es muy posible que vayamos viendo en un futuro más investigaciones que nos aclaren un poco el funcionamiento de esta reserva cognitiva, y tal vez más importante, como aprender a usarla en el contexto clínico para valorar evolución de las personas con daño cerebral y la forma de introducir la misma dentro del tratamiento.

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Bibliografía

  1. Katzman R, Aronson M, Fuld P, Kawas C, Brown T, Morgenstern H, et al. Developmentofdementingillnesses in an 80-year-old volunteercohort. Ann Neurol. abril de 1989;25(4):317-24.
  2. Satz P. Brain reserve capacityonsymptomonset after braininjury: A formulation and reviewofevidenceforthresholdtheory. Neuropsychology. 1993;7(3):273-95.
  3. Stern Y. Whatiscognitive reserve? Theory and researchapplicationofthe reserve concept. J IntNeuropsycholSoc JINS. marzo de 2002;8(3):448-60.
  4. Vance DE, Wright MA. Positive and negativeneuroplasticity: implicationsforage-relatedcognitive declines. J GerontolNurs. junio de 2009;35(6):11-7; quiz 18-9.
  5. Hultsch DF, Hertzog C, Small BJ, Dixon RA. Use itor lose it: engagedlifestyle as a buffer ofcognitive decline in aging?PsycholAging. junio de 1999;14(2):245-63.
  6. Scarmeas N, Stern Y. Cognitive reserve and lifestyle. J Clin ExpNeuropsychol. agosto de 2003;25(5):625-33.
  7. Schinka JA, McBride A, Vanderploeg RD, Tennyson K, Borenstein AR, Mortimer JA. Florida CognitiveActivitiesScale: initialdevelopment and validation. J IntNeuropsycholSoc JINS. enero de 2005;11(1):108-16.
  8. Salthouse TA, Berish DE, Miles JD. The role ofcognitivestimulationontherelationsbetweenage and cognitivefunctioning. PsycholAging. diciembre de 2002;17(4):548-57.
  9. Rami L, Valls-Pedret C, Bartrés-Faz D, Caprile C, Solé-Padullés C, Castellví M, et al. Cuestionario de reserva cognitiva. Valores obtenidos en población anciana sana y con enfermedad de Alzheimer. Rev Neurol. 2011;52(4):195-201.
  10. León I, García-García J, Roldán-Tapia L. EstimatingCognitive Reserve in HealthyAdultsUsingtheCognitive Reserve Scale. PLOS ONE. 22 de julio de 2014;9(7):e102632.
  11. Morales Ortiz M, Fernández A. AssessmentofCognitivelyStimulatingActivity in a SpanishPopulation. Assessment. 1 de mayo de 2018;1073191118774620.

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